from Ficticia
by María Baranda
translated by Joshua Edwards

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V

Trees were conquered in your wake when you were a child.
Night was a lantern in a palace of white lilies.
You wanted the cloak of every secret for yourself,
the days’ briefest light
and the sword of truth as a silhouette.
You could have been a full-blown Lancelot,
or maybe Robin Hood
in an empire of tears.
You walk these dried out streets
that called upon the sun to make a corpse of you,
a blind child of God
who grows accustomed to navigating
beneath a thorny sky.
You pull up to Van Gogh’s shadow.
You rust.
You clamor for some peace
from this ocean of burning purpose.
You throw yourself into it.  Like that verse from Vallejo
that Elisio Diego kept in his head.
It was a pelican.
A song that was left in the furious
and definitive waters of children.
And you also ask who.
Who appears between you and mystery.
The poet’s lost throne.
Your privilege is to search for hooks
in the printed lines of life.

VI

It was the time in which Mutis ordered a metropolis.
He wanted a place for a topman.
We looked for the energy of Keats
and the stars’ invincible talk.
We wanted a time of rest and relaxation.
We imagined earth’s pulse,
the exact dimension of all geometry
that in day and night would help us find
the limits of each century’s asphalt.

There was somebody guarding birthrights
like a place for separating out
the machines of solitude from the racket
of someone getting up to take shelter in madness
in the middle of the night.
The city, then, protected us
as if in a frame of old, long shadows,
fierce sustenance for the eternally lonely.
The dead were everyone else’s dead,
tails of a coin
that didn’t flip for us.
Skulls, skulls, customs levied
by a destiny cut down pride.
There was a Jesuit who maneuvered through the forest
and discovered amber and coal, the region
split into the mestizo.
And we were the world.  World like an ingot of gold.
World of paradise ruptured into history.
Shells at dusk.
Feathers vanished in the atlas.

X

I ask for rain.  I claim all sand for myself.
Whitewashing waves and waves in a sea of thorns.
Rivers that hem me in, nautical passions,
trees with greasy bark and false crowns,
flames in the sky above a burning forest.
Drones.  Crags.
Who scattered the sea’s voice
as if it were the sky?
Who said that flying
was waiting for blood’s fire,
the wind’s most vigorous heart?
I wanted a plane,
a feather that would expand me in the clouds
quickly, anonymously, and silently.
I wanted to fly.
Fighting injustice, the shadow’s gamble,
the open ash of wings.
I was free to live by the insect’s
compass in folds of water.
At that time the countryside
smelled like my thirteen years,
the gutter open at gates of exile
and grace.
Abrupt pen in the announcement of individuality,
booming light of lightning
during a fevered night of extinct storms.
I cannot recover the fable
lost in old paradises, the inaccessible
first time I learned my voice could be my cry.
I have lost myself in the wall of my limitations.
I look for a balcony’s shade in faraway tropics,
a coast open to desires
and a blue promise scribbled
by my grandfather in an old black notebook:
I will write on the crack.
Now I’m staggering through the footprints
of my years in a stuttering garden,
among ruins, old enchantments.

V

Cuando eras niño los árboles a tu paso se vencían.
La noche era un farol en un palacio de azucenas.
Querías para ti la capa de todos los secretos,
la luz más breve de los días
y la espada de la verdad como silueta.
Pudiste ser un Lancelot definitivo,
acaso un Robin Hood
en el imperio de las lágrimas.
Caminas por esas calles secas
que hicieron de ti un muerto por el sol,
un ciego hijo de Dios
que se acostumbra a navegar
bajo un cielo de espinas.
Recalas en la sombra de van Gogh.
Te oxidas.
Clamas por un poco de paz
a ese mar de cálidas razones.
Te precipitas. Como aquel verso de Vallejo
que retuvo Eliseo Diego en su cabeza.
Era un pelícano.
Un canto que lo dejó en el agua furiosa
y definitiva de los niños.
Y tú también preguntas quién.
Quién recala entre tú y el misterio.
El trono perdido del poeta.
Tu privilegio es buscar el anzuelo
en los renglones de la vida.

VI

Era el tiempo en que Mutis pedía una metrópolis.
Quería un lugar para el gaviero.

Buscábamos la fuerza de Keats
y la invencible locuacidad de las estrellas.
Queríamos un tiempo lento.
Imaginábamos el pulso de la tierra,
la dimensión exacta de toda geometría
que en el día y la noche nos ayudara a encontrar
los límites de asfalto de los siglos.
Había quien aguardaba su primogenitura
como un lugar donde apartar
las máquinas de la soledad con el estrépito
de quien se va a la medianoche
a refugiar en la locura.
La ciudad, entonces, nos preservaba
como en un cuadro de viejas sombras largas,
feroz alimento para los siempre solos.
Los muertos eran los muertos de los demás,
el revés de una moneda
que no giraba por nosotros.
Cascos, cascos, aduanas de un destino
que separó el orgullo.
Hubo un jesuita que navegó en la selva
y descubrió el ámbar y el carbón, la zona
resquebrajada del mestizo.
Y fuimos mundo. Mundo como lingote de oro.

Mundo de un paraíso que se rompió en la Historia.
Cáscaras al crepúsculo.
Plumas que se perdieron en el Atlas.

X

Pido la lluvia. Reclamo para mí toda la arena.
Olas y olas que encalan en un mar de espinas.
Ríos que me ciñen, fervores marinos,
árboles de untuosa corteza y falsa copa,
llamas de un cielo sobre un bosque de incendio.
Zánganos. Riscos.

¿Quién dispersó la voz del mar
como si fuera el cielo?
¿Quién dijo que volar
era espesar el fuego de la sangre,
el corazón más vivo de los vientos?
Yo deseaba un avión,
una flecha que me propagara por las nubes
rápida y anónima y sin palabras.
Yo quería volar.           
Cruzar la sinrazón, la apuesta de la sombra,
la ceniza abierta de las alas.
Era mi privilegio vivir al compás
del insecto en las ondulaciones del agua.
Entonces el campo
era la fragancia de mis trece años,
la cuneta abierta para las puertas del exilio
y de la gracia.
La pluma veloz en el anuncio de ser la única,
la atronadora luz de los relámpagos
en una noche de fiebre y de extintas tormentas.
No puedo recobrar aquella fábula
perdida en viejos paraísos, la primera vez
inalcanzable en que supe que mi voz sería mi grito.
Me he extraviado en el muro de mis limitaciones.
Busco una sombra en un balcón de un trópico lejano,
una costa abierta a los deseos
y la promesa azul pintarrajeada
en una vieja libreta negra para el abuelo:
escribiré en la grieta.
Ahora me tambaleo en las huellas
de mis años en un jardín que balbucea,
entre ruinas, antiguos encantamientos.